jueves, 18 de diciembre de 2014

Los oscuros años en que también la infancia fue condenada al silencio

Compartimos la nota realizada por la periodista Ivana Romero para Tiempo Argentino. Entrevistas realizadas con Gabriela Pesclevi y Protagonistas - Gabriela Pesclevi, una de las coordinadoras de La Grieta, y Sebastián Scolnik, coordinador del área de publicaciones de la Biblioteca Nacional.

Libros que muerden, publicaciones infantiles censuradas durante la dictadura cívico-militar, de Álvaro Abós a Elsa Bornemann.




Entre las diversas formas de abordar el pasado reciente, este trabajo se detiene en la literatura infantil prohibida durante la última dictadura militar. Pero Libros que muerden (literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura cívico-militar 1976-1983) es, sobre todo, un libro de voces. Voces silenciadas de narradores como Álvaro Yunque, Javier Villafañe, Laura Devetach o Elsa Bornemann. Pero también, de todos los ecos que resuenan en un libro como artefacto cultural: quienes lo escriben, sí, pero también quienes lo ilustran y las editoriales que apuestan por estos textos. También, claro, los pequeños lectores. En ese sentido, el autoritarismo cercenó esta trama pero los libros para chicos se transformaron en una forma de resistencia contracultural. "Esta investigación es un conmovedor rescate de aquellas biografías que, en los pliegues del horror, hicieron de la literatura infantil un espacio para suscitar una imaginación nueva en un país que parecía condenado a sus más miserables expresiones existenciales", se indica en el prólogo. Editado por la Biblioteca Nacional, Libros que muerden reúne el trabajo realizado por el espacio cultural La Grieta, de La Plata, que rescató una colección de más de trescientos textos perdidos y prohibidos. En ese marco, Gabriela Pesclevi –una de las coordinadoras de La Grieta– se ocupó de seleccionar los materiales que el libro atesora. "Yo figuro como autora pero este es más bien un trabajo colectivo", aclara, en diálogo con este diario junto a Sebastián Scolnik, coordinador del área de publicaciones de la Biblioteca.
"En 2006, a treinta años del golpe, decidimos reunir una colección de libros censurados. O, de manera más específica, reunir una constelación de textos que buscaban relevar la historia política pero también, el modo en que autores, editores e ilustradores establecieron vínculos resistentes. Esa colección se llamó Libros que muerden y de ahí salió este libro", cuenta Pesclevi. Y agrega: "Se trata de una polifonía de voces, el punto de partida para una reflexión no sólo sobre la censura sino sobre el libro y las infancias en la historia de la cultura y la literatura argentina".

Scolnik explica que por esa razón la Biblioteca Nacional se interesó en el proyecto y decidió sumarla a su catálogo editorial. "Esta es una historia de la dictadura, de la infancias, de las literaturas, hecha con materiales heterogéneos. Es decir, relatos de lo censurado pero también, la resistencia a lo censurado, desde el autor a las editoriales. Tras conocer el proyecto, la Biblioteca decidió publicarlo porque es una historia de los escritores, de los lectores, de las editoriales pero también, una historia del presente", dice. Y amplía: "Lo que se censura es una trama cultural que es, a la vez, una forma de visión, condición de producción, una forma de constitución de un público lector. Esa trama también llega hasta ahora. Porque plantea el modo en que el mercado editorial se vincula actualmente con la infancia".

En ese sentido, es iluminador uno de los textos críticos del libro, a cargo de Judith Gociol, donde ella escribe: "La literatura infanto–juvenil no es inocente. Y en buena hora. Los militares que firmaron los decretos de prohibición de circulación de esos textos los leyeron bien. Justamente porque sabían que los libros eran y son fabulosos vehículos de transmisión de ideologías, de pensamientos, valores y de libertad, es que los perseguían. No por descalificarlos sino porque, al contrario, los ponderaban en su justa medida. El microcosmos infantil era y es un terreno especialmente fértil". Y también advierte sobre la situación actual: "De los sellos medianos nacionales sobrevivieron unos pocos, afortunadamente quedan Ediciones de la Flor, Colihue y no mucho más. Resultado del abaratamiento y la simplificación de la tecnología, y de la reactivación económica, se sumaron en los últimos años nuevos pequeños emprendimientos. Son los que hacen las apuestas de riesgo y aseguran la diversidad y calidad; los que salvan el honor y honran la labor libresca. Pero siguen sin ser quienes cortan el bacalao".

Para comprender mejor esto, es necesario repasar el contenido de Libros que muerden, que permite advertir cuán variadas eran las propuestas y qué evidente era el respeto hacia la escritura para chicos como un género nada menor. La primera parte rescata autores y obras de autores argentinos como la del jujeño José "Pepe" Murillo o Enrique Medina pero también de otros como Jacques Prévert –específicamente sus Cuentos para chicos traviesos, editados por Fausto– o Saint-Exupéry con su mítico Principito, que apareció en diversas listas negras junto con otros clásicos como Huckleberry Finn de Mark Twain. También se traza un recorrido por editoriales como Rompan Fila, que editaba textos de pedagogía con perfil libertario y crítico, como El pueblo que no quería ser gris o el Centro Editor de América Latina, con un justo homenaje a su creador, Boris Spivacow. También se incluyen libros escolares, textos cristianos como la Biblia Latinoamericana –considerada "satánica, sacrílega y mortal" por la cúpula eclesiástica en ese momento- y enciclopedias extranjeras como Salvat. Finalmente, se incluye un listado de los libros que integran la colección, disponibles para consulta en La Grieta, ubicada en calle 18 y 71 de La Plata.


Como señala Florencia Bossie en otro de los textos, Libros que muerden permite a los lectores reencontrarse con aquellos textos de las infancias silenciadas. Dice: "Esta muestra es una reunión, una colección, un verdadero archivo de libros que creíamos para siempre perdidos y hoy se reencuentran, se hermanan, se hacen biblioteca para que los autores los revisen, los editores se enorgullezcan, los ilustradores les den nuevos colores y sus lectores vuelvan a hojearlos, a tocarlos, a olerlos, a abrazarlos; para que nuevos lectores los disfruten y se pregunten e interpelen".  «

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